De largo recorrido
Diario vasco (11-06-2026)
Diario vasco (11-06-2026)
El rastro del dolor en la vida de las víctimas de Patxi Ezkiaga
Había leído la obra poética de Patxi Ezkiaga cuando le conocí personalmente, ya en su vejez. Por ello, nuestras reuniones en el colegio La Salle de Donostia, y, posteriormente, en su residencia de Irún, versaron siempre sobre literatura, tal y como indiqué en el epílogo “Lo nuestro” de la obra Blues bat bizitzari.
Años después, gracias al valiente testimonio de Marisol Zamora y otras víctimas, hemos conocido los abusos que ejerció durante años a alumnas del colegio. Sé a ciencia cierta que muchos alumnos que mantenían una estrecha relación con el hermano de La Salle desconocían por completo esa violencia; yo misma nunca imaginé que el anciano que caminaba a mi lado pudiera esconder ese pasado tan cruel.
Me resulta imposible atenerme sólo a la dimensión intelectual para rechazar una poesía espiritual que, en el caso de Patxi, ahora considero escindida de la vida, y perderme en disquisiciones sobre la sensibilidad artística y la crueldad de los artistas en general, y de este poeta, en particular. En el margen de un poema mío escribió: “no es fácil ser testigos de la oscuridad, pero ese es también nuestro destino, el de los poetas”. Pienso en la oscuridad y me duele aquella que creamos en los demás. Por eso, hoy, sólo puedo escuchar la voz de las víctimas.
Los abusos sexuales son una violencia especialmente grave porque atentan contra lo más profundo del ser humano. En la infancia, dañan para siempre la confianza e inocencia de los primeros años; se trata, además, de un dolor y sufrimiento que deja rastro a lo largo de toda la vida. Muchas veces, comienza ejerciéndose en círculos concéntricos, aprovechando la confianza de padres y familiares de las mismas víctimas, sirviéndose para ello del poder. En este caso, Patxi disponía del poder como profesor, como autor de renombre, como hermano de La Salle, y dispuso cruelmente de él para ejercer una violencia cuyos efectos son tan difíciles de restaurar.
Jesús de Nazaret se refería a los niños como algo sagrado, intocable. Hizo también extensible esa idea a los más débiles, a los más vulnerables. Tolstoi afirmaba que cualquier don que posee todo ser humano debería estar al servicio de los demás. Entiendo que debería ser así en el ámbito privado, pero también en cualquier actividad pública, pero especialmente, en la vida religiosa, y, con sumo cuidado, cuando abarca la educación y la dimensión espiritual de otros seres humanos.
A raíz de las noticias sobre este caso, me ha venido a la memoria un comentario de Patxi, en apariencia banal, pero que ahora adquiere para mí otra dimensión. Mientras paseábamos por la azotea del colegio, haciendo referencia a la obra de una autora comentó: “no se da cuenta de que el sexo es algo de poco recorrido” (“sexuak bide motza du”). Siendo la dimensión sexual algo que nos conforma, parte de nuestro ser a lo largo de toda la vida, el comentario del poeta espiritual que desdeña ese aspecto del ser humano me resulta ahora muy hiriente, no sólo por el desprecio hacia esa dimensión, sino porque el daño causado por la violencia sexual en la infancia o juventud es de largo recorrido, para toda la vida.
He visto grandes películas que nos han acercado el tema de la pedofilia en la Iglesia. El cine, del mismo modo que la literatura, nos hace reflexionar sobre temas de gran importancia. Recientemente, tuve la suerte de ver La red fantasma de Jonathan Millet que trata sobre las consecuencias de la violencia de la guerra de Siria en las víctimas. Estos días, a mi mente ha vuelto una y otra vez, la escena en la que el verdugo y la víctima se encuentran cara a cara. En la conversación que mantienen se refleja nítidamente la ligereza con la que los verdugos siguen adelante en la vida, dejando el pasado atrás, muchas veces, justificando con facilidad las atrocidades cometidas; el sufrimiento de la víctima es casi siempre imposible de curar, pero quizás, sí se podría aliviar.
Esta semana, el Papa León XIV, que ha definido la pederastia dentro de la Iglesia como una “plaga”, “una llaga abierta”, en su lucha contra ella, se ha reunido con algunas víctimas, aunque son muchas las que se han sentido excluidas. A los miembros de la CEE, y a toda la comunidad eclesial, ha instado a que “cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y cambios reales de sanación”. Así mismo, ha subrayado, la importancia de la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso en la prevención y la cultura del cuidado. Se trata de valores cristianos que deben prevalecer, en este caso, en el trato hacia sus propias víctimas para curar el dolor de esas heridas que, seguramente, nunca cicatrizarán.
En el camino hacia la justicia, abogo por suprimir la prescripción de estos delitos, pero también por la “materialización” de esas palabras del Papa, tras las que subyace la creencia en una Iglesia comunidad, al servicio de los más necesitados; en este caso, tantas personas sufriendo … Posiblemente, por ello, me ha resultado especialmente dolorosa la falta de una voz pública, la voz de algún hermano de La Salle que atienda la petición de las víctimas; una voz amiga que restaure la verdad y la justicia, una voz humana y compasiva que reconozca, condene e intente restaurar públicamente el daño causado por Patxi.
Maixa Zugasti